Me viene este tema a la cabeza después de ver ayer en Cuatro el programa «El Hormiguero».  En él se suelen plantear los experimentos como algo divertido, y curioso. Les importan tres pitos la parte científica, de la cual se ríen, porque creen que es aburrida. Flipy usa las explicaciones para presumir de su ignorancia y crear un personaje muy cómico de puro torpe. El problema es que muchas veces juegan con cosas peligrosas y a pesar de que todo parece controlado y de que tienen a gente con algo más de seso vigilando, la torpeza puede alcanzar cotas de peligrosidad considerables. Generalmente no importa mucho, porque no solo se ríen de sus propios fracasos, sino que fracasan muchas veces en vivo y en directo para que resulte gracioso. Forma parte de la gracia del programa.

No quiero seguir adelante sin demostrar mi alegría por el hecho de que Pablo y Marron estén bien…, mejor dicho,  me alegro de que continúen igual que siempre, que ya es algo.

Yo soy el primero en admitir que reírse de uno mismo es muy sano, pero ayer demostraron lo que puede pasar tomándose a cuchufleta la ciencia, e ignorando la primera ley de Murphy. «Si algo puede salir mal, saldrá mal». De todas formas hay que admitir que no toda la culpa es de Pablo, ya lo dijo también el célebre Murphy en su octava ley. «Es inútil hacer cualquier cosa a prueba de tontos, porque los tontos son muy ingeniosos».

Esta vez no estaba Flipy haciendo su papel de científico loco. Pablo Motos y Marron, deciden inaugurar una sección titulada «Supervivencia en casos extremos». Tenían que simular las condiciones de supervivencia en un  caso de sepultamiento bajo nieve por efecto de una avalancha, pero en lugar de nieve usaron bolitas de corcho sintético blanco, también llamado corchopán.

Empezaron llenando parcialmente el recinto transparente donde ellos mismos, Pablo y Marron, debían someterse a la prueba de supervivencia. Primero pusieron un poco de bolitas de corchopán y Pablo jugó a hacer algunas zambullidas de prueba. Cualquiera con dos dedos de frente pudo ver que eso no se comportaría igual que la nieve. La nieve tiene una cohesión que no tiene ese material de bolitas de corcho. Obviamente la famosa cámara de aire salvadora no se podía formar en esas condiciones, pero daba igual, parecía divertido así que decidieron completar en vivo y en directo el experimento que no había sido ensayado antes.

Acostumbran a hacerlo así, y si fracasan se ríen de sí mismos, pero morir haciendo una bobada no tiene ninguna gracia. Ese programa lo ven muchos niños. Esta vez se les olvidó decir que nadie intentara hacerlo en casa, pero al final del programa quedó bastante claro que determinadas tonterías es mejor no intentarlas. Yo me pongo en el pellejo de Pablo y le comprendo. Tenían un maravilloso simulador de avalanchas. ¿Qué podía salir mal?

¿Quizás todo? Bueno pues todo no. Mientras Pablo estaba enterrado en el corchopan y no paraba de moverse, las hormigas hacían chistes ajenas al mal rato que estaba pasando. Marron trepó a un sitio seguro en una esquina, pero Pablo mucho más bajito no salía y decía gruhhhg,  arghhh, rughhh, pero ningún astuto ayudante captó la sutileza del mensaje.

Lo de los recortes presupuestarios parece que no les estimula el nivel de astutez. Habrá que volver a subirles el sueldo.

En resumidas cuentas, Pablo y Marron tragaron corchopán hasta por las orejas (literalmente) y apunto estuvieron de palmarla.  Tragaron corchopan, respiraron corchopán, y lloraron corchopán. Lo de gruhhhg,  arghhh, rughhh, que captaba el micro de Pablo se escuchaba como ruido de fondo a las ingeniosas gracietas de las hormigas.

Un programa que habitualmente ven los críos pudo finalizar en una lección de como se improvisa a contra reloj el desatascamiento de una tráquea sin estar preparado para ello. Toda una lección de supervivencia en la que se demuestra que solo los preparados sobreviven y que los ignorantes que se ríen de su ignorancia son firmes candidatos al premio Darwin por su falta de condiciones intelectuales y sicológicas para la supervivencia. Los premios «Darwin» se otorgan a título póstumo y homenajean a los que se eliminan a sí mismos de una forma extraordinariamente idiota, lo que contribuye a la higiene genética de la especie, y mejora las posibilidades de una supervivencia de nuestra especie humana a largo plazo.

Por cierto mis condolencias por la muerte del padre brasileño que se sacrificó a sí mismo elevándose sobre el mar atado a mil globos de fiesta. Desde aquí reivindico un premio Darwin para él.

A mí me parece que la ciencia puede ser muy entretenida, pero algunas veces para hacer reír, hay que hacer un trabajo serio y riguroso previo, y eso es lo que ha faltado en el programa de ayer del hormiguero. Se confían en que los fallos van a ser graciosos y no prueban suficientemente las cosas. Esta sección de «Supervivencia en casos extremos» es una nueva forma de reírse de la ciencia y de tomarse a cuchufleta los peligros de experimentar con ella.

Incluso los científicos más serios han tropezado experimentando con lo que no conocían.

Los esposos Curie descubrieron la radiactividad. Hacían un divertido juego de salón. Hacían cerrar los ojos a los invitados y les ponían un tubo con alto contenido de Uranio delante de los ojos cerrados. Era divertido con los ojos cerrados percibían algo de luz. Años más tarde la mayoría de ellos murió de Cáncer. Descubrieron la radiactividad y sus efectos nocivos sobre el organismo humano por propia experiencia.

Benjamín Franklin inventó el pararrayos con el peligroso experimento de la cometa.

Estos dos, Pablo y Marron  no han inventado nada, pero apunto han estado de inventar una nueva forma de morir bastante ridícula y convertir su espectáculo en un espectáculo realmente trágico.

Estas cosas pueden pasar en las mejores familias. ¿Me permiten que cuente una anécdota personal? ¿No? Bueno da igual, me apetece contarla.

Yo estudie de pequeño en un colegio que se llamaba Santa María de las nieves, y un año tuvieron la genial ocurrencia de contratar a un estudiante de arquitectura como profesor de química. Lógicamente no tenía ni idea y eso se lo notamos todos desde el primer día.

Teníamos un estupendo laboratorio y en el libro de texto venían propuestos algunos experimentos. Son cosas que no se olvidan y enseguida comprenderéis porqué.

– ¿Qué experimento os apetece que hagamos? – dijo el profe. (No me acuerdo como se llamaba. Mejor para él).

-¿Podemos hacer el de la obtención de ozono? -Preguntó el listo de la clase.

Pues venga. Se coge un poco de ácido sulfúrico y se añade permanganato potásico, se espera un poco  y ha de oler como lo hace después de una tormenta eléctrica.

-Profe, esto no huele a nada.

-¿A ver? Es cierto no huele a nada. ¿Qué hacemos?

Alguien sugirió calentar y el profe nos repreguntó a los demás.

– ¿Calentamos? – Todos respondimos con entusiasmo – Sí, sí, calentamos.

Yo fui de los que dio un par de pasos atrás. Otros dieron un par de pasos para adelante.

Unos pocos segundos después aquello pegó un petardazo violentísimo. Yo que estaba más bien retirado sentí el impacto en toda mi cara de lo que parecía ser cristales o gotas de ácido por toda mi cara.

Chillidos confusión.

-¡Mis ojos! ¡Mis ojos! -gritó Tomás que era el que estaba más cerca de tubo de ensayo cuando este explotó.

El profe no reaccionaba ante los chillidos. Alguien dijo.

-¡Al agua! ¡Hay que lavarlo con agua! – Y el profe dijo –  Sí, sí, al agua.

El caso es que Tomás salvó los ojos de milagro. Las ropas que llevábamos no se salvaron ninguna. La mayoría tenían agujeros por el ácido, y el grueso de la explosión fue a parar al techo dejando una gran mancha negra. Las gotas de ácido por la violencia de la explosión resultaron diminutas y eso nos salvó de males mayores. Tomás era familia del padre Juan, director del colegio, y evidentemente fue la última vez que vimos al profe por allí.