La religión es un elixir de espiritualidad embotellado por los administradores de la fe. Estos la venden en una botellita  que tiene una etiqueta que promete la inmortalidad,  la felicidad eterna, y lo que haga falta.

Los ingredientes secretos de ese elixir milagroso, llamado religión, son todas aquellas cosas que elevan nuestro espíritu y nos hacen sentir insignificantes ante los misterios y las maravillas de la naturaleza. El Sol, el cielo, las estrellas, el fuego, la vida, las fuerzas de la naturaleza, … generan esos sentimientos. Todo ello conforma un maravilloso contexto para nuestra existencia.

Un contexto de una singular belleza que se agranda al no poder ser abarcada por la razón, y que sirve para dedicarnos el premio de poder ensimismarnos, y que nos aleja a un lugar de nuestra mente donde por unos momentos permanecemos a salvo de la parte más negativa de nuestra realidad. Una fea parte en la cual la muerte siempre fue la más temida. Los ingredientes de ese elixir son todas esas cosas maravillosas que en personas sugestionables tienen la misma efectividad que el opio.

La ciencia como destructora de la fe:

Cuando no teníamos el conocimiento actual de los fenómenos naturales, existía el misterio. Este hacía de ese elixir un poderoso brebaje, pero la ciencia se ha ido dedicando a destrozar los más bellos misterios.

Por eso la ciencia es la destructora de la fe. Los malditos científicos tienen la fea costumbre de interrumpir nuestro más garrulo embelesamiento, explicando aquello que no tenía explicación, y nos roba toda la magia y toda la ilusión por las maravillas admirables de la naturaleza.

Con ello estos científicos materialistas han convertido al sumo hacedor en una especie de mago de un vulgar cuento de hadas. Lo han convertido en un concepto supérfluo que no explica nada y que solo añade más incógnitas a los principales interrogantes de nuestra existencia.

Por culpa de estos científicos aguafiestas, que han destruido la ilusión y la grandeza de esos maravillosos y mágicos misterios, el Dios todo poderoso está muy triste.

Le han robado su protagonismo como sumo hacedor, y su palabra ha sido convertida en pura charlatanería de feria.

A los científicos que tanto daño han hecho a Dios, les deberían haber prohibido tratar de asuntos importantes tales como la explicación del origen del ser humano, de la vida,  de nuestro planeta, de nuestro sistema solar, e incluso del origen del propio universo, porque hasta con eso se atrevieron los muy insensatos.

Con lo bien que se sentía uno bebiendo un traguito de ese divino elixir de la religión.  Maltidos científicos, ahora que me duele la cabeza tendré que apartar el elixir de la religión y tomarme un paracetamol.

Ni siquiera me servirá la oración o ir a la iglesia a pedir ayuda al cura, porque he de confesar que estoy profundamente envenenado por la ciencia. Si la cosa se pone peor tendré que ir al médico, un vulgar científico materialista, para que me cure.

Las fuerzas de la resistencia frente a esta agresión científica, son la nada despreciable  masa de ignorantes de este planeta, que ni sabe de ciencia ni le importa. Les basta su elixir, pero se sienten inseguros y tienen que ir invitando a un traguito de elixir a todo el mundo, porque saben que el poder del elixir disminuye por cada seguidor que pierden.

Solo les pido una cosa, cuando se pongan enfermos no sean hipócritas, no tomen medicinas, no vallan al médico, sean coherentes, beban su asqueroso elixir y déjenme a mí tranquilo con mi veneno materialista.

Yo no tengo remedio, adoro la ciencia.