Blog multi-temático de Antonio Castro

opinión, literatura, ciencia, tecnología, ciencia ficción, autoedición, política, ateismo, actualidad

temas de ciberdroide.com

Categoría: Relato breve.

¿Cómo vencer a la canícula y al insomnio?

Si no te interesa un relato en primera persona y solo buscas la respuesta a tu insoportable problema puedes ir directo al final. Tu mismo, pero te perderás una interesante historia de grillos.

Otra noche Toledana en Madrid.

Supongo que en Toledo y en otros sitios también, pero mal de muchos… ¿Los negacionistas del cambio climático donde viven?

No logro dormir. Enciendo de nuevo la televisión para que ver que otra tontería ponen ahora.¡Mira que bien! ¡Noticias! El calor nos quita horas de sueño y el mal dormir nos afecta a todos. Afortunadamente no a todos por igual. Compruebo en las noticias que a algunos les da por descargar su ira contra sus parejas. Una barbaridad tras otra. Apago la tele.

Vuelvo a intentar dormir. Se escucha un grillo en el vecino parque. Vuelvo a encender la luz, miro el segundero del despertador y cuento los chirridos del amigo Pepito. En 8 segundos cuento 25 chirridos. Sumo 5 y … Los chirridos de Pepito me están diciendo que hace 30 ºC. Vuelvo a apagar la luz.

No hay forma de dormir. ¡Insoportable! Me levanto y voy al ordenador. Entro en la Wikipedia a mirar si la fórmula de la temperatura en relación con el número de chirridos de los grillos es la correcta. Viene otra fórmula distinta. ¡Puff!. No estoy para hacer cálculos ahora, pero los hago, y no sale lo mismo. ¿28.5ºC? ¡Quién los pillara! Una de tres, o se equivoca la Wikipedia, o me equivoco yo, o se equivoca Pepito, pero me da igual, sigo leyendo y …  ¡Qué curioso!, por fin descubro porqué se me daba tan mal cazar grillos de pequeño, el sonido de los grillos es ilocalizable, parecen sonar en un lugar diferente, o indeterminado. El sonido del grillo tiene una longitud de onda que coincide exactamente con la distancia existente entre los dos oídos humanos. Muy curioso. Apago el ordenador y me vuelvo a acostar.

Imposible dormir. ¿Servirá aplicar un canuto en la oreja para localizarlos? Estas son las grandes cuestiones que se suscitan en nuestros cerebros cuando estos están agotados por el cansancio y cocidos por la calor. Hace años que no recuerdo una canícula tan prolongada en Madrid.

Contar borregos no funciona, contar grillos no funciona, contar chirridos de grillos casi, pero tampoco funciona. Creo que Pepito se quedó dormido, ya no le oigo.

 

A grandes males grandes remedios.
Me vuelvo a levantar y voy al baño. Preparo la bañera con agua más bien fresquita. Una vez dentro voy añadiendo agua fría. Voy bajando más y más la temperatura. Aguanto así un buen rato, por fin alcanzo el deseado principio de hipotermia, me seco solo ligeramente, tiritando voy directo a la cama, me lanzo tal cual, y … ¡Aaah!…, ¡Qué placer!…, está muy calentita, me quedo frito casi al instante.

Mi guardia en el repetidor.

Leo que ayer un artefacto explotó en un repetidor del Alto de La Granja (Guriezo) y ha causado importantes daños materiales. Con ello me ha venido a la memoria una historia de mi servicio militar. Me tragué año y medio de mili obligatoria en Lérida (Lleida) en el cuartel militar de Gardeny con los mulos.

Fusil de asalto CETME

Fusil de asalto CETME (Los nuestros no eran como el de esta foto, pero sí muy similares)

Unos mulos que cada día mandaban a más de uno al hospital con una buena coz. A un compañero le reventaron la cara de una coz. Le partieron la mandíbula y le saltaron todos los dientes. Era de profesión mulero y sabía manejarlos pero una buena parte de aquellos bichos eran auténticos diablos, y aquello un infierno. Recuerdo que al día siguiente del incidente trajeron el mulo a la enfermería de veterinaria donde yo servía de ayudante de veterinaria gracias a tener titulación de biólogo. El mulo venía herido porque los reclutas habían hecho justicia a su manera con el mulo. Lo fustigaron con un trozo de manguera, y lo rajaron con una navaja en la nalga. El mulo llegó histérico a la enfermería soltando coces a diestro y siniestro. había que sujetarlo para curarlo y los sargentos herradores profesionales no se atrevían, así que me tocó hacerlo a mí. Cogí el torcedor, me lo ensarté en la muñeca, me abalancé con decisión sobre su oreja en un movimiento rápido, y empecé a retorcer con fuerza. El animal se giró y me arrinconó contra la pared haciendo fuerza para aplastarme contra ella y librarse de mí. No podía salir, ni respirar así que lo único que podía hacer es apretar con más fuerza el torcedor. Los sargentos herradores chillando y pateando al mulo para que me soltara. Apunto de perder el conocimiento se hicieron con el control del mulo, le aplicaron un segundo torcedor en el labio y por fin se quedó relativamente quieto y pudieron curarle. Aquello me dejó las costillas doloridas.

El caso es que aquel cuartel era un auténtico infierno, había destinos mucho mejores que ese que me tocó a mí. Allí toda la gente estaba a disgusto mandos incluidos. El caso es que fuimos movilizados para dar relevo a una unidad destacada en una colina, con objeto de guardar un repetidor de posibles atentados etarras, pero no existía ninguna situación de alarma. Era pura rutina. El Sargento al mando de nuestra unidad era un pasota. Se llevó sus pistolitas, un montón de munición y se pasó la semana que estuvimos allí casi sin dirigirnos la palabra y haciendo prácticas de tiro todo el rato. Pasaba de nosotros todo lo que podía, para él eran unas vacaciones y para nosotros resultó igual.

La base del campamento estaba al pie de una colina y eran unas pocas tiendas de campaña. Nos organizó las guardias pero no nos controlaba apenas. Las guardias nocturnas eran por parejas. Cogíamos patatas robadas al cocinero, un poco de sal, y un poco de mantequilla. Subíamos caminando hasta la cima de la colina para hacer el relevo, y  a una hora prudencial en que sabíamos que el sargento estaría durmiendo abajo en el campamento, nos íbamos a un sitio cercano del puesto de guardia resguardado por una pequeña hondonada, hacíamos una hoguera y nos asábamos las patatas. Solo hay que enterrarlas entre la ceniza y el rescoldo y se hacen solas. Con un poquitos de sal y mantequilla. ¡Están buenísimas! En lugar de  hacer la guardia de forma reglamentaria, (sin hoguera,  de pie,  ambos distanciados, y en silencio) nos sentábamos a la luz de la hoguera charlando de nuestras cosas mientras comíamos patadas asadas. Eran guardias muy relajadas. Aquello eran unas vacaciones en el campo más que un servicio de guardia.

Por el día las guardias eran individuales y había que tener más cuidado y hacerlas de pie. Yo estaba haciendo mi guardia, y esa vez decidí sentarme. Había una piedra entre unos arbustos que me ocultaban totalmente, así que me senté allí con el chopo (así llamábamos al cetme) entre las piernas. Estaba relajado cuando escuché un ruido extraño. No me moví, pensé  -¿Se habrá caído una piña o algo?-  Pero el ruido se repitió una segunda vez. Aquello me pareció muy extraño y ya que había optado por hacer la guardia escondido entre la maleza, de forma nada reglamentaria, opté por no delatar mi posición y permanecer inmóvil. Era muy improbable que alguien me viera sin que yo pudiera verle a él. Escuché de nuevo el mismo ruido pero en un lugar distinto. Era evidente que alguien estaba tirando piedras y no era posible saber desde donde ni quien era.

Opté por mandar el mensaje de «ahora tengo una bala en mi recámara» en forma de sonoro ‘RATACLAK CLACA’ al mover con toda la energía que pude la palanca del cargador de mi fusil y me puse de pie. Surgió efecto, resultó ser mi sargento que salió corriendo, desde su escondite tropezando y gritando.

-¡No dispares, no dispares!

-¡A la orden mi sargento! – dije yo todo serio, cuadrándome en posición de firme y saludando militarmente.

Mi sargento se levantó del suelo sacudiéndose el polvo y se marchó, supongo que me dijo algo del tipo, ‘descansa’ o algo similar, pero no recuerdo más que su saludo militar y su cara de fastidio y como bajaba avergonzado la mirada. Es la clásica numerito militar que no siempre termina igual. En mi cuartel circulaban algunas historias de bromas similares con final trágico. Aquello quedó en simple anécdota divertida. Cuando nos marchamos de allí nos relevó otra unidad mandada por el sargento Camacho. El más chungo de todo el cuartel. Me temo que aquello otro no fueron como las nuestras unas vacaciones divertidas en el campo. Era sabido que el sargento Camacho todos los días arrestaba a alguien o le fastidiaba el fin de semana.

 

 

 

 

 

 

Página 2 de 2

Creado con WordPress & Tema de Anders Norén