La evidencia de la ocultación, y de la falsificación de pruebas en torno al 11M continúa siendo combatida desde amplios sectores de una sociedad enferma y convulsionada por los atentados del 11M de 2004.

La naturaleza indiscriminada de los atentados, sus 10 explosiones casi simultáneas en cuatro trenes, sus 191 fallecidos, sus 1.858 heridos y el hecho de ocurrir en las vísperas de unas elecciones generales que se vieron muy fuertemente condicionadas por lo ocurrido, han fracturado la sociedad en dos bandos. Los que quieren saber y los que se conforman con unas mentiras infumables plasmadas en una sentencia.

Ni las elecciones de 2004 transcurrieron con plena normalidad, ni las investigaciones de los atentados del 11-M tampoco, y tuvimos que asistir con infinito pasmo a la destrucción masiva de pruebas sin que nadie se interesara por ello en sede judicial alguna.

Desde aquel día las izquierdas y las derechas pasaron de ser simples contrincantes políticos a ser acérrimos enemigos que arrastraron a toda la sociedad española a una espiral de odio fanático profundamente estupidizante. A los que nos llamaron conspiranoicos habría que llamarlos hoy por hoy, borregos, marionetas o robots.

Nuestro país, a raíz de aquel atentado, se convirtió en un estercolero gobernado por un bipartito que se dedicó a emponzoñar a la sociedad con odios partidistas, y a socavar los cimientos de todas y cada unas de las instituciones del estado.

A todos los que hicieron preguntas íncómodas sobre los hechos extraños que rodearon el 11-M, se les llamó conspiranoicos. Se hizo a modo de simple mordaza y desde distintos foros de opinión se les intentó hacerles comulgar con auténticas ruedas de molino.

Lo que más abundó fue el silencio. Un silencio mediático que unos llamaron prudencia y que yo llamo cobardía, porque después de ochos años los que callaron por supuesta prudencia continúan sin interesarse por unos hechos tozudos y graves que van en una dirección muy diferente de lo que el macro-juicio del 11-M sentenció.

Una sentencia que no cuadra con lo que todos pudimos ver y escuchar en esos vídeos que el Juez Gómez Bermúdez ocultó a las partes y a la opinión pública.

Aquel día en que pudimos ver ese vídeo, la V.O se convirtió en un cuento para mentes robóticas. Mentes especialmente programadas para digerir burdas mentiras.

Los hechos aún hoy continuaron pisoteando el cadáver de la V.O. Hace poco supimos que la principal prueba de cargo contra Zougam, el único condenado por autoría material de los atentados fue otro montaje más. Una testigo pasó en dos semanas de falsa víctima a pieza clave en el 11-M

15 días antes de que la testigo rumana J-70 le acusara y se convirtiera en la principal pieza de cargo, técnicos del Ministerio de Interior la habían descartado como víctima, pero tras inculpar a Zougam cobró 48.000 euros como víctima del atentado. Las mentes robóticas no reaccionaron.

Tantas han sido las evidencias de ocultación, manipulación, y obstrucción a la justicia que uno se pregunta ¿qué demonios necesita una mente medianamente normal para admitir la evidencia de que se nos está ocultando la verdad?

Parecería que a algunos se les tendría que caer encima todo un tren, de aquellos que supuestamente fueron fundidos, para que se les cayera la venda de los ojos. Por desgracia ese tren también ha caído sobre las cabezas de esos tarados morales, sin que sean capaces de reaccionar ante la más demoledora de las evidencias de salvaje ocultación. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Hay miles de familias que tienen una motivación muy especial para no conformarse con un montón de burdas patrañas infumables. Cada una de ellas tiene razones muy poderosas para continuar reclamando justicia, y todos ellos, sus herederos, sus familiares, sus amigos y también simpatizantes entre los cuales me incluyo, continuaremos aportando nuestro granito de arena hasta que se esclarezca la verdad.